Más años, más mala leche


Con los años, la mala leche va acumulándose como una olla a presión. 

Cuando somos jóvenes, todo parece ser más fácil. La paciencia parece infinita y la tolerancia, casi una virtud que ni necesitamos practicar. Pero, ¡ay!, qué fácil es que la vida te dé lecciones que no pediste.

El primer golpe suele ser cuando te conviertes en madre. Ahí, la "mala leche" empieza a calentar a fuego lento. Las primeras noches sin dormir, las primeras dudas sobre si lo estás haciendo bien, el agotamiento de no tener un segundo para ti. Esos momentos, tan llenos de amor, pero también tan llenos de caos, hacen que el termómetro de tu paciencia empiece a subir.

Luego llegan los años de crianza, el teletrabajo, las reuniones interminables, las cenas que nunca parecen terminar… Las amistades siguen siendo importantes, pero empiezas a verlas más a través de una pantalla que en persona, y las risas se mezclan con la nostalgia de lo que ya no es. Ahí, ese termómetro comienza a ponerse en naranja, y te das cuenta de que la "mala leche" no es solo un sentimiento pasajero, es un reflejo de tus límites alcanzados.

Y después, cuando llegas a los 40, la vida te da un toque más directo. Esa mirada del camarero que te llama "señora" con una naturalidad espantosa. Esa amiga que te dice: "Espera a que te cedan el asiento como a mí". Y en ese momento, el termómetro alcanza su máximo. No es solo que estés cansada, es que has vivido lo suficiente para saber lo que toleras y lo que no. Ya no hay espacio para las tonterías, y la paciencia, aunque sigue existiendo, tiene mucho menos margen.

Con los años, la mala leche no es solo un “enfado” temporal, es una forma de entender el mundo, de priorizar lo que realmente importa y de poner límites donde antes no los ponías. Y lo peor de todo: ya no tienes miedo de mostrarlo.







- Marian



Este blog comparte experiencias personales y aprendizajes propios. No soy profesional de la salud; si tienes dudas médicas, consulta siempre a un especialista.

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