El día que me quedé sin domingos
El valor de lo escaso:
Las cosas solo tienen valor cuando son escasas. Un diamante vale porque hay pocos; el agua en el desierto es oro, pero en el mar no la miramos.
Con el tiempo pasa exactamente lo mismo.
Durante cuarenta años, el domingo no era solo un día de la semana: era un trofeo, un oasis, una recompensa. Vivías esperando que llegase y lo defendías con uñas y dientes.
Y al llegar la tarde del domingo y empezar a pensar en el lunes —trabajo, casa, compras, niños, colegios...— solía decir:
«¡Qué ganas de jubilarme para que todos los días sean domingo!».
Era el sueño dorado. Nos imaginábamos una vida entera de desayunos sin prisa, paseos al sol y siestas sin alarma ni niños gritando.
Y como la vida pasa como en un sueño, sin darnos cuenta llega ese tiempo tan esperado. Y entonces te das cuenta de la trampa y del engaño que anhelabas: no es verdad que ahora tengas siete domingos a la semana; lo que ha pasado es que has perdido el domingo.
Comprendes entonces que el domingo solo existía por contraste con el lunes. Sin el esfuerzo previo, el descanso pierde su sabor. Cuando no hay obligación de la que escapar, el domingo se difumina y se convierte en un día más, igual al martes o al jueves.
Perder el domingo no es algo triste, es simplemente una ley de la economía del alma: el exceso de algo elimina su encanto.
Sí, ya sé lo que estáis pensando: «Pues si yo tuviera todos los días libres, no eliminaría su encanto...». Pero creedme, podría pasaros también, je je.
La buena noticia de la jubilación no es vivir en un domingo eterno, sino liberarse de la dictadura del calendario. Ahora ya no necesitas que el almanaque te dé permiso para disfrutar: el reto es hacer que cada día tenga su propio nombre y su propio sentido.
El domingo no era un día en el calendario, era la victoria sobre la rutina de toda la semana. Queríamos un domingo eterno y descubrimos que, al regalarle todo el tiempo, le quitamos la magia.
Por eso, la gran lección es que en la vida tenemos que aprender a buscar nuestros propios domingos, aunque estemos en la mitad de la semana o en la mitad de nuestra vida, para no perdernos esos pequeños momentos que nos salvan de la rutina. Porque hasta que no llegas a una meta y la vives por dentro, no descubres realmente el valor que tenía ni el porqué de su belleza.
Un abrazo,
Marian, Colaboradora en el blog
Este blog comparte opiniones y experiencias personales con el objetivo de invitar a la reflexión y al debate desde el respeto.
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