La enseñanza publica en España

La enseñanza pública: ¿qué está fallando?

Estos días, al ver en las noticias las huelgas del profesorado y sus reivindicaciones, me hago una pregunta: ¿estamos hablando suficientemente de lo que están aprendiendo nuestros niños?

He leído también los resultados del último informe PISA y, al relacionarlos con mi propia experiencia como alumna, madre y ahora abuela, no puedo evitar preocuparme por la evolución de la enseñanza pública.

Entiendo que los docentes reclamen mejores condiciones laborales y más recursos para desempeñar su trabajo. Pero también creo que debemos hablar del nivel académico, de lo que realmente aprenden los alumnos y de si las calificaciones reflejan sus conocimientos.

Personalmente, antes de respaldar determinadas reivindicaciones, necesitaría saber qué mejoras concretas se proponen para garantizar una enseñanza de calidad y qué compromiso existe con el aprendizaje de los alumnos.

Porque, al final, lo verdaderamente importante no es solo cómo funciona el sistema educativo para quienes trabajan en él, sino también qué educación reciben los niños y qué preparación les estamos dando para su futuro.

Y aquí es donde quiero detenerme: he conocido tres generaciones de la escuela pública española —la mía, la de mis hijos y la de mis nietos—, y lo que observo hoy me lleva a preguntarme si estamos advancing o si, en algunos aspectos, estamos retrocediendo.

¿Estamos confundiendo aprobar con aprender?

En mi generación, la enseñanza tenía sus exigencias y limitaciones. Con mis hijos observé una mayor exigencia académica y una preparación orientada a un mundo cada vez más competitivo. Sin embargo, al observar ahora la educación de mis nietos, mi impresión es muy distinta.

Mi preocupación nace de la diferencia que percibo entre las notas y los conocimientos reales.

Mi nieto está en cuarto de Primaria y, cuando compruebo su nivel en determinadas materias, me encuentro con conocimientos que, a mi juicio, corresponden a cursos anteriores. En inglés, la diferencia me parece aún más preocupante.

Sin embargo, llegan las notas finales y aparecen los notables y los sobresalientes.

¿Qué nos están diciendo realmente esas calificaciones? ¿Reflejan lo que los niños saben o estamos dando más importancia a los resultados que a su aprendizaje? A veces, da la impresión de que mantener una buena imagen de eficacia del centro, reflejada en el número de aprobados, puede pesar más que comprobar si los alumnos han adquirido realmente los conocimientos correspondientes a su curso. No puedo afirmarlo como un hecho, pero es una duda que me surge ante esta aparente contradicción.


¿Educar o adoctrinar? El papel de la escuela en la identidad de nuestros hijos

Hay otra cuestión que me preocupa especialmente como abuela y que creo que muchas familias se plantean: ¿hasta dónde debe llegar la escuela en cuestiones relacionadas con la sexualidad, la identidad de género y la diversidad?

Considero que la escuela debe enseñar a respetar a todas las personas, sin burlas ni discriminación por ser diferentes. Pero también creo que debemos poder preguntarnos cómo se abordan estos temas en el aula, qué contenidos se imparten en cada etapa y si se explican con la madurez y la sensibilidad que necesitan los niños.

Los niños tienen derecho a crecer, conocerse y desarrollar su propia personalidad sin presiones ni etiquetas impuestas. Y aquí creo que el papel de los padres debe ser fundamental: las familias tienen derecho a conocer los contenidos que se imparten a sus hijos y a participar en su educación.

Los profesores están para enseñar, orientar y proporcionar conocimientos, no para imponer sus convicciones personales ni decidir por un niño quién debe ser. La escuela debe ofrecer información adecuada a cada edad, fomentar el respeto y ayudar a los alumnos a desarrollar su capacidad de pensar por sí mismos.

Al igual que las familias pueden elegir determinadas enseñanzas, como la religión, considero razonable reclamar transparencia, información y participación familiar cuando se abordan cuestiones relacionadas con la sexualidad y la identidad de género. Eso sí, debemos distinguir entre informar y educar en el respeto, algo necesario en la convivencia escolar, sin imponer una manera concreta de pensar.

La pregunta, por tanto, no es si hay profesores homosexuales o heterosexuales, sino si quienes imparten estos contenidos cuentan con la formación adecuada, si corresponde abordarlos dentro de su materia y si se hace con criterios pedagógicos claros, respetando la edad y el desarrollo personal de cada alumno. Porque una cuestión tan delicada exige preparación, responsabilidad y transparencia con las familias.

Porque, en definitiva, educar no es imponer quién debe ser un niño, sino darle herramientas para aprender, pensar y crecer, respetando a los demás y desarrollando su propia personalidad.



Nota: Las imágenes que ilustran este artículo han sido generadas mediante inteligencia artificial con fines puramente ilustrativos.

Un abrazo,

Marian, Colaboradora en el blog

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