Cuando un hermano se va

 


Ayer fue el cumpleaños de mi hermano.

Y aunque hace ya cuatro años que no está con nosotros, yo sigo felicitándolo allá donde esté.

Cada noche le doy las buenas noches y le digo en silencio: “Espero que estés bien, hermano”, porque todavía no he aprendido a vivir sin él. Aún no he aceptado que ya no esté a mi lado.

Nos llevábamos diez años de diferencia. En mi infancia era mi ídolo: el más guapo, el más listo, el mejor de todos sus amigos. Con el paso del tiempo fuimos creciendo, y aun con esa diferencia de edad, él siempre supo entenderme. Después cada uno formó su propia familia, cada uno vivió su vida, pero yo sabía que él estaba ahí. Sabía que, si lo necesitaba, acudiría a mí sin dudarlo. Sé cuánto me quiso y cuánto se preocupó por mí.

Llegó un momento en el que la diferencia de edad dejó de existir. Fue algo maravilloso. Nos entendíamos, nos compenetrábamos. Quienes nos conocían decían que éramos iguales, en la forma de pensar y de actuar.

Con los años también llegó la conciencia de su enfermedad. Sabía que el día de perderlo no estaba tan lejos, pero siempre apartaba ese pensamiento. Lo rechazaba, porque para mí era impensable un mundo sin él.
Y aun así, ese día llegó.

Ya había perdido a mi padre y a mi madre, y aceptar su marcha no fue fácil; me llevó tiempo recomponerme. Pero la partida de mi hermano fue diferente. Fue más profunda. Me rompió el alma. Y hoy, años después, sigo sin aceptarlo.

Lo busco en mis recuerdos, en sus fotografías, en los pequeños detalles. Pero me falta su mano, esa mano que sostuvo la mía durante tantos años. Me falta su calor, que me llame “hermana”, tenerlo a mi lado.

Por eso ayer, en su cumpleaños, hice ese pequeño vídeo en su honor. Porque me desperté pensando que ese día ya no estaba aquí para celebrarlo conmigo.

Y por eso lo sigo buscando.
Y lo buscaré el resto de mis días.

Feliz cumpleaños, mi querido hermano. 💙

Comentarios