El valor de nuestros mayores: Historia, esfuerzo y el verdadero origen de sus pensiones
RESPETA A TUS MAYORES, PORQUE ELLOS TE LO DIERON TODO
Este texto nace con el deseo de mirar hacia atrás y recordar a los jóvenes de hoy en día el valor de la gratitud. La vida de bienestar que disfrutamos ahora se construyó sobre los hombros, el esfuerzo y los sacrificios de nuestros antepasados.
Más allá de banderas, ideologías o bandos —que aquí no se juzgan, pues el dolor y el mérito de salir adelante pertenecen a todos por igual—, este es un homenaje a las personas. A los padres, abuelos y bisabuelos que, en la época más oscura y difícil de nuestra historia de España, hicieron lo imposible para que las siguientes generaciones tuvieran un futuro. Su verdadero legado fue nuestra supervivencia.
TUS BISABUELOS
Tras la Guerra Civil, la vida de la mayoría de los abuelos españoles estuvo marcada por una profunda miseria, represión y división. La gran mayoría de la población sufrió hambrunas severas.
ELLOS vivieron algo que tú NI te imaginas:
AÑO 1939
Los "años del hambre" y el racionamiento: Había una escasez tan extrema que existía una cartilla de racionamiento (vigente hasta 1952). Estas cartillas funcionaban de la siguiente manera:
Asignación y cupones: Cada ciudadano tenía una cartilla con cupones que especificaban las cantidades diariamente o semanales de productos básicos (pan, aceite, legumbres, carne, bacalao o jabón) a las que tenía derecho. Aunque el Gobierno fijaba las cantidades y los precios oficiales para intentar hacerlos asequibles, la reality era muy distinta: las raciones raras veces se entregaban en su totalidad por la escasez, distribuyéndose cantidades totalmente insuficientes de pan, legumbres y aceite.
El estraperlo y el Auxilio Social: Para poder sobrevivir, muchas personas dependían del estraperlo (el mercado negro). Este sistema consistía en la compraventa ilegal de alimentos y bienes de primera necesidad a precios desorbitados. Las familias que no podían pagarlo, no tenían más remedio que depender del Auxilio Social para no morir de hambre.
- Proveedores obligatorios: Cada cartilla estaba vinculada a una tienda o comercio de comestibles específico asignado en el barrio. El titular solo podía canjear legalmente sus cupones en ese establecimiento; sin embargo, los tenderos a menudo no tenían los productos prometidos porque, sencillamente, no los había.
Y es que, gracias a las calamidades que superaron tus ancestros, hoy tú puedes ir al supermercado y, simplemente, coger todo lo que necesitas sin que nadie te lo racione.
Las Bisabuelas
Muchas familias se quedaron sin el padre, ya que la guerra les arrebató la vida.
Dejando solos a sus hijos y a su mujer frente a las calamidades del fin de un conflicto. A las mujeres —bisabuelas para algunos o tatarabuelas para los más jóvenes— les tocó cargar con todo el peso de la posguerra. Solas, viudas, sin recursos y platos vacíos, hicieron frente a la miseria y sacaron adelante a sus hijos con un coraje y un sacrificio sobrehumanos.
Nunca olvides que, gracias a que ellas no se rindieron, hoy estás aquí.
AÑO 1950
El esfuerzo continuaba incluso cuando esos hijos crecían y formaban sus propias familias.
Como os podéis imaginar, en aquella época independizarse y tener una casa propia era una misión imposible. La solución era la piña familiar: a la vivienda original se le añadía como se podía una habitación más, y allí se instalaban los recién casados.
Era la única forma de convivir y resistir juntos hasta que, tras años de privaciones, lograban reunir los ahorros suficientes para comprar un pequeño terreno en las zonas limítrofes de la ciudad y empezar a levantar su propio hogar.
Las casas no se compraban se hacían
Las casas no se compraban hechas como ahora; tenían que levantarlas ellos mismos con sus propias manos. No eran arquitectos ni tenían conocimientos técnicos, pero les sobraba el entusiasmo y la necesidad imperiosa de tener un techo propio para su familia. Por eso, recurrían a la autoconstrucción con materiales locales. Os cuento cómo las hacían:
Para empezar, fabricaban ellos mismos los ladrillos. Extraían tierra arcillosa de canteras cercanas y la mezclaban con agua en grandes pozos o balsas, añadiendo paja u otros elementos vegetales. Esta mezcla actuaba como un armazón natural que evitaba que el ladrillo se agrietara al secarse.
La masa se volcaba en encofrados o moldes de madera. Después, tradicionalmente, los miembros de la familia la pisaban descalzos durante horas hasta lograr una pasta completamente homogénea y plástica, lista para convertirse en los sólidos cimientos de su futuro hogar. Y os aseguro una cosa: aquellas casas no se caían. Sin arquitectos ni planos, la mezcla de necesidad, esmero y la firme promesa de proteger a los tuyos se convertía en el mejor cemento del mundo.
¿Cómo pudieron salir adelante en semejante situación tus antepasados?
En el Madrid y en otras ciudades de la posguerra, los hombres se dedicaban principalmente a la construcción, la industria y el comercio informal de subsistencia. Debido a la escasez y al racionamiento que ya os he comentado, abundaban los empleos precarios y el famoso "estraperlo".
Uno de los oficios más duros de esa época en España fue uno cuyo nombre pocos conocen hoy en día: "la busca", y a quienes lo ejercían se les llamaba "traperos". En ese momento de nuestra historia, el oficio de trapero, o "hacer la busca" como ellos decían, se convirtió en un elemento básico para la supervivencia de los hogares y el motor de la industria. En la España de los años 40 y 50, la escasez absoluta y el aislamiento internacional obligaban a reutilizar cualquier objeto que pudiera tener una segunda vida.
El reciclaje de entonces no era una opción ideológica como lo es ahora, sino pura necesidad obligada por la miseria y la falta de materias primas.
En aquella época no pasaban camiones como ahora recogiendo los residuos; la recogida municipal solo existía en una pequeña parte. La inmensa mayoría de la basura la gestionaban los particulares. El trapero recuperaba todos los materiales que podían reutilizarse y que tenían algún valor para luego venderlos: telas, trapos, papel, metal, vidrios e incluso huesos. Y te preguntarás: ¿y para qué querían los huesos? Te lo cuento:
En aquella economía donde nada se tiraba, elementos tan simples como los huesos eran auténticos tesoros de subsistencia. Por un lado, estaban los llamados "sustancieros", personajes a menudo marginales que recorrían las calles ofreciendo una solución desesperada para los hogares más humildes: alquilar un hueso de jamón o de vaca.El trato era tan estricto como desgarrador. El sustanciero llevaba el hueso atado a una cuerda y, reloj en mano, lo introducía en el puchero familiar el tiempo justo que se hubiera acordado, cobrando normalmente una peseta por cada cuarto de hora. En cuanto el hueso soltaba algo de grasa para dar sabor a aquellos "caldos viudos" (caldos sin nada de carne), el hombre lo sacaba y se iba a la siguiente casa. Había que calcular bien el tiempo, pues en la posguerra una peseta valía demasiado como para malgastarla en hervir un cuarto de hora más un hueso que ya ni sabor tenía.
Tras usarse una y otra vez, de cocina en cocina, hasta extraerles la última gota de tuétano, esos mismos huesos gastados se vendían a las fábricas. La industria los buscaba desesperadamente para machacarlos y transformarlos en productos básicos como jabón, pegamento o fertilizantes.
Y ahora te cuento lo duro que era ese oficio de trapero y cómo lo hacían.
Para trasladar los residuos, utilizaban un carro tirado por un mulo o un burro, pertrechado con grandes sacos donde cargaban los materiales recogidos. El oficio de trapero estaba socialmente estigmatizado y asociado a la pobreza extrema... y yo añado: a una dureza extrema para toda la familia.
Porque allí nadie se libraba. La familia entera, incluidos los más pequeños, se veía obligada a trabajar. Se levantaban al alba para recorrer grandes distancias, ya que los traperos solían vivir en los extrarradios de la ciudad. Era una auténtica carrera contrarreloj: resultaba primordial llegar los primeros al centro de Madrid para adelantarse a los demás, hacerse con los desechos y poder regresar a casa con los materiales más codiciados y de mayor valor.
La llegada a casa: la esperanza de traer algo de valor
Una vez de vuelta en casa, vaciaban el contenido de los sacos en el patio y comenzaba la segunda parte de la jornada: el reciclaje en familia. Todos los miembros del hogar participaban en la tarea, clasificando minuciosamente el botín del día.
Separaban los materiales en diferentes montones: papel, cartón, vidrios, metales, trapos, restos de plásticos y restos de comida. Una vez seleccionados, volvían a meter los materiales limpios en sacos para vendérselos a los almacenistas y mayoristas de chatarra.
Estos intermediarios eran el puente con la industria: revendían todo ese material a las grandes fábricas papeleras, fundiciones y plantas textiles que necesitaban materias primas desesperadamente debido al aislamiento y a la escasez de la época.
Por su parte, los residuos de alimentos no se tiraban; se clasificaban cuidadosamente para alimentar a los animales que tenían en el propio patio, normalmente gallinas, que a su vez proveían de huevos a la familia. Nada, absolutamente nada, se perdía.
A veces, el paso del tiempo y las miradas ajenas hacían que quienes se dedicaban a la busca o al trapero sintieran cierta vergüenza por un oficio tan humilde. Pero hoy, mirando atrás con el corazón en la mano, la verdad brilla con fuerza: no había espacio para la vergüenza, sino para un orgullo infinito. Ellos, con sus manos curtidas y su sacrificio silencioso, fueron los que verdaderamente levantaron el país desde los cimientos.
Y llegamos a la España de 1960
¿En qué trabajaban? En los 60 llegó el "milagro económico", que fomentó la industrialización y el éxodo masivo del campo a la ciudad.
Los hombres se concentraron en los sectores que impulsaron el desarrollo urbano y el "desarrollismo" de la época: industria y fábricas, construcción, el campo y oficios especializados como albañiles, fontaneros, electricistas y mecánicos.
Por su parte, las mujeres se empleaban en el servicio doméstico, fábricas de ropa y talleres de costura, enseñanza, enfermería, administración y oficinas.
Aunque la jornada laboral legal en España era de 48 horas semanales, repartidas habitualmente en 6 días de trabajo (de lunes a sábado al mediodía), la realidad era otra muy distinta.
Eran jornadas maratonianas: para millones de trabajadores en fábricas o en el campo, era común realizar jornadas de 14 horas diarias para poder salir adelante. Los sueldos eran tan bajos que necesitaban recurrir al pluriempleo; muchos españoles tenían más de un trabajo, lo que elevaba su tiempo efectivo dedicado a trabajar por encima de las 60 horas semanales. Y aun así, los hijos tenían que ponerse a trabajar muy jóvenes para ayudar en casa. La edad legal para poder trabajar (en teoría) era de 14 años, pero como en esa época a la mayoría de los trabajadores no se les daba de alta en la Seguridad Social, comenzaban mucho antes.
Los años 1970
La televisión en los años 70: un lujo compartido en comunidad.
En el ámbito laboral algo empezó a cambiar para los trabajadores. La oferta de empleo incorporó nuevos sectores como el comercio tradicional, la banca, la administración pública y, debido al gran auge turístico de la época, la hostelería y los servicios.
Durante esta década, el televisor se consolidó definitivamente como el centro de entretenimiento del hogar y el principal medio de comunicación de masas. Sin embargo, era un auténtico artículo de lujo que pocos se podían permitir, ya que un solo aparato costaba casi el sueldo de un año completo.
Las familias que conseguían comprar uno, lo compartían de corazón con sus vecinos; era muy común que los padres mandasen a los hijos a avisar a sus conocidos para que fueran a casa a ver, por ejemplo, una corrida de toros o un gran programa. En aquella época la gente no se aislaba en sus casas como ahora: compartían lo que tenían con quienes no podían permitírselo. Y ese nuevo medio de comunicación trajo también consigo el deseo de tener lo que la publicidad mostraba, comenzando así ese deseo impulsivo por consumir y modernizarse.
Los años 1980
Al llegar a esta época, los abuelos y las nuevas familias, que habían pasado tantas calamidades y carencias, comenzaron a querer que sus hijos tuvieran todo lo que ellos no pudieron disfrutar: ropa de marca, tecnología, los primeros ordenadores, estudios y que fueran a la universidad. Siguieron trabajando duramente para darles a sus hijos todas esas facilidades.
Sin saberlo, se comenzó a criar a una generación de holgazanes sin propósitos, que no tenía responsabilidad alguna con la familia ni con las tareas del hogar; no aportaban nada y cada vez demandaban más a los padres. Empezaron a ser ellos los protagonistas de todo: sus obligaciones se resumían a ir al colegio, jugar con las consolas y salir con los amigos. Los que no conseguían llegar a la universidad tampoco querían trabajar y había que obligarlos; los que sí llegaban a ella, procuraban terminar lo más tarde posible la carrera para retrasar su incorporación al mundo laboral. Y cuando por fin comenzaban a trabajar, veían a los padres como tiranos si estos les decían que tenían que aportar algo de su sueldo al bienestar familiar. Creamos una generación sin ambición y egoísta hacia los demás.
Esos mismos padres y abuelos que se dejaron la piel trabajando 14 horas diarias para que sus hijos lo tuvieran todo en los 80, son los que hoy cobran una pensión que se ganaron con creces. Pero la historia no termina ahí: hoy en día, muchos de nuestros mayores, aun percibiendo pensiones mínimas y recortadas, siguen estirando ese dinero para ayudar a sus hijos y mantener a sus nietos, convirtiéndose una vez más en el único salvavidas para algunas familias para que puedan salir adelante.
¿Cómo te atreves a criticarlos desde la comodidad de una pantalla? ¿Quién eres tú para juzgar el dinero que reciben, cuando cada céntimo de su pensión está manchado de barro, sudor, frío y un sacrificio que tú jamás lograrás comprender?
A nuestros mayores no se les critica; se les da las gracias, se les baja la cabeza y se les respeta. Porque todo lo que eres y todo lo que tienes, te lo dieron ellos.
Un abrazo,
– Marian, Colaboradora en el blog
Este blog comparte experiencias personales y aprendizajes propios.
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Así es y no podemos olvidarnos! Muchas gracias por recordárnoslo y hacer este breve pero gran paso por la historia de nuestros mayores!🥰
ResponderEliminar¡Qué alegría leer tu comentario! Al final, sintetizar tantas décadas de esfuerzo no es fácil, pero si se te ha hecho un viaje breve y ameno, ¡objetivo cumplido! Ellos se merecen este homenaje y mucho más. ¡Gracias por pasarte y comentar! Enormes gracias.
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